
Que yo siempre negaba creer en el amor hasta que me cogió, o quizás no era eso, quizás era tan solo una simple ilusión que se hizo un hueco muy grande en mi corazón para luego partirlo en mil pedazos por los que muchas veces sentía que no valía la pena unir, era una dichosa contradicción de mi cabeza, a la que le hacía caso o me preparaba para aguantar una impotencia enorme de mi pecho izquierdo. Y es increíble lo mucho que parece doler, lo mucho que se te clava sin querer dejarte ser libre. Después de mucho tiempo una sigue igual, con ese miedo clavado en sus costillas que impide a su boca pronunciar las simples dos palabras que se tiene calladas durante mucho tiempo.